Relato I v.2

Laura no se caracterizaba precisamente por su puntualidad, pero cuando llevaba media hora esperándola, me empecé a preocupar.

Habíamos quedado para ir al gimnasio, y probar juntas nuestra primera clase de yoga. Teníamos curiosidad por saber de primera mano qué encuentran tan adictivo  las famosas de la tele en eso de sentarse en el suelo y meditar.

Como era nuestra primera clase, habíamos quedado con tiempo suficiente para tomar un zumo multivitamínico antes, que también habíamos visto que la gente que sabe de esto de la vida sana los toma constantemente. Pero a este paso, no nos daría tiempo, la clase empezaba dentro de quince minutos, y Laura seguía sin aparecer.

Cogí mi móvil, y le envié un mensaje de texto «Yo voy tirando, que no llegamos. Nos vemos allí». Laura no se había conectado desde hacía casi una hora, y tampoco vio el mensaje que le envié, así que cogí mi mochila, y me dirigí al gimnasio.

Cuando llegué, entré en el vestuario para cambiarme. Había comprado en Decathlon las mallas más espectaculares que había podido encontrar por diecinueve con noventa y nueve euros: un modelo de licra negra con líneas transparentes que recorrían las piernas en espiral de muslo a tobillo. Si con ellas no conseguía hacerme yogui profesional, al menos podría hacerme unas fotos increíbles para colgar en todas mis redes sociales, que eso es lo importante, no? Y no quedaba ahí, por cinco con noventa y nueve había conseguido un top a juego. Iba a ser la primera de la clase.

Con ese pensamiento llegué a la puerta de la sala, y me puse a hacer cola. Para entonces, ya había otras seis personas esperando para entrar: dos mujeres de unos cincuenta años con pinta de amas de casa, que charlaban animadamente sobre lo dura que había sido la clase anterior. Realmente no sabía a qué podían referirse, total, no podría ser muy difícil eso de sentarse en el suelo y poner la mente en blanco. Un hombre de unos sesenta años, que por lo impolutas que tenía las zapatillas deportivas, diría que acababa de jubilarse y se había apuntado a yoga con la esperanza de rellenar sus interminables horas libres; un chico de unos treinta y tantos, muy delgado, con el pelo largo recogido en una coleta baja y un tanto grasienta. Llevaba unos pantalones que le llegaban por debajo de la rodilla, con el tiro bajo, o más bien colgón, diría yo, y demasiado anchos para lo que yo tenía entendido que se suponía que era el «uniforme» oficial de yoga; por último, había una pareja joven que tenía pinta de estar como yo, ante su primer día de clase. Miraban a un lado y a otro como quien busca a un amigo al volver del baño entre la multitud de un concierto.  

Con este panorama, muy mal se me tenía que dar para no ser la primera de la clase. Y digo la primera porque Laura nunca ha sido muy deportista, al menos no más que yo, que salgo a caminar al menos un par de veces al mes.

Entonces llegó la profesora, una mujer de unos cuarenta y tantos. No mediría más de un metro sesenta, morena, con una trenza larga que le llegaba casi a la cintura, y con una expresión tan serena, que parecía que hubiera dormido ocho horas seguidas: «¿Quién pudiera?». Entonces me fijé: ¡Llevaba las mismas mallas que yo! Esto no empezaba bien.

Laura seguía sin llegar, y ya teníamos que entrar en clase. Pasé a la sala, y coloqué mi esterilla entre el hippie de los pantalones bombachos y el jubilado aburrido, justo frente a la profesora. Estaba decidida a lucirme.

La sala era diáfana, con el suelo de tarima color haya, que junto a la cálida luz que entraba por las enormes ventanas le daba un aspecto natural y relajante.  «¡Y eso que aún no me había sentado en posición de meditar!»

La profesora se acercó al equipo de música para poner un CD y pidió que nos colocásemos en posición de perro bocabajo para ir estirando. Para entonces yo ya estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas en la típica posición de indio, por lo que les llevaba ventaja. O eso pensaba yo, ya que cuando levanté la cabeza, vi a todos mis compañeros en una postura que no se parecía nada a la mía, así que me dispuse a imitarles. Me puse de pie, y me doblé hacia delante para apoyar las manos en el suelo, mientras intentaba mantener las piernas estiradas. No era tan fácil como pensaba. Si apoyaba las manos mis talones se levantaban, y si bajaba los talones, las rodillas se me doblaban. Miré a mis compañeros, segura de que si yo, que era la primera de la clase tenía esas dificultades, ellos seguro que las tendrían mucho mayores: «Mierda». Giré la cabeza a la derecha y vi al jubilado, que no sólo había conseguido estirar las rodillas, sino que tenía ambos talones apoyados en el suelo. Giré la vista hacia el otro lado, y vi cómo el hippie me miraba con preocupación desde su postura perfecta, imagino que por el color rojo intenso que estaba adquiriendo mi cara tras dos minutos bocabajo. «Esto no sale en las fotos de Instagram»

En ese momento, la profesora se colocó en su esterilla y nos dijo que comenzaríamos con el saludo al sol. Me puse de pie y me acerqué a la ventana decidida a saludar al astro rey, acelerando el paso, para coger el mejor sitio. Al ver que mis compañeros no me seguían, me giré y les vi en sus esterillas, en posición firme, seguros de lo que venía a continuación, que para entonces yo ya estaba segura que no era saludar al cielo a través de la cristalera. Avergonzada, volví lo más rápido que pude a mi sitio, y comencé a imitarles. Una sucesión de movimientos que transicionaban a posturas imposibles, mantenidas por más tiempo de lo que mis músculos podían resistir, y a cada minuto me arrepentía más de no haberme apuntado a pilates. «¡Seguro que eso sí que es lo mío!»

Acabé la clase como pude, evitando la mirada de la profesora, y la condescendencia de mis compañeros, y salí de la sala atropelladamente, con la esterilla a medio enrollar.  «¡No vuelvo ni loca!»

Cuando me dirigía al vestuario para quitarme las mallas más vendidas de Decathlon, vi a Laura. Estaba junto a la máquina de bebidas isotónicas hablando animadamente con un cachas guapísimo. Me acerqué a ellos, y me le presentó:

—Este es Izan. Nos hemos puesto a hablar, y al final no he llegado a tiempo a Yoga. Perdóname. ¿Qué tal la clase?

—Pan comido. Creo que yo me apuntaré a algo más intenso, pero tú puedes probar, si quieres.

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