Ejercicio de escritura automática I

Tema obligatorio: Viajero que pierde la tarjeta de embarque.

Tiempo máximo: diez minutos.

Min Jun volaba a Seúl, su ciudad natal esa misma mañana. Cogería el vuelo de las 9:45 y había preparado concienzudamente su maleta para no olvidar ni uno solo de los regalos que había comprado para sus padres, sus cuatro hermanos y sus ocho sobrinos. Hacía dos años que no viajaba a Corea, desde que empezó la pandemia y todo se había vuelto más difícil. Pero ahora era distinto, todo se estaba poniendo en su lugar, y coincidiendo con las bodas de oro de sus padres, habían organizado una reunión familiar para reencontrarse todos. Estaba muy emocionado.

Bajó del taxi y fue directamente al mostrador de facturación, dejó su maleta y, sin perder un sólo segundo, fue a la puerta de embarque. ¡Maldita sea! ¡No tenía la tarjeta! ¿La habría perdido desde el mostrador de facturación? Con lo grande que era el aeropuerto no le da tiempo, ni de broma, a ir y pedir un duplicado, pensó. Pero tenía que coger ese vuelo, no podía dejar a su familia tirada con el esfuerzo que había supuesto juntarles a todos y con las ganas que tenía de verlos.

Miró a su alrededor y vio una fila repleta de españoles que, a juzgar por su aspecto, iban de vacaciones. ¿No había ni un sólo compatriota que volviera a casa? En ese momento, vio a un hombre de rasgos asiáticos que estaba aún sentado en los bancos y no se había puesto a la cola. Le escrutó con la mirada y vio que tenía pasaporte chino. ¡Ni un sólo coreano a quien pedir ayuda! ¿Qué iba a hacer?

—Disculpe, tengo que ir un momento al baño. ¿Le importaría vigilar mis cosas un momento? —el hombre chino se dirigió a él.

—Por supuesto, váyase tranquilo.

La bombilla se le encendió de pronto. En cuanto el hombre se perdió en el pasillo del baño, se puso a registrar su chaqueta. ¡Bingo! Su pasaporte y su tarjeta de embarque estaban allí. No lo dudó un momento y se los guardó en el bolsillo.

En cuanto el hombre volvió del baño, Min Jun se puso inmediatamente a hacer cola. Era el tercero de la fila y el confiado pasajero no parecía tener prisa por levantarse del asiento.

En cuanto la azafata abrió la puerta de embarque, le entregó los documentos cruzando los dedos y rezando porque fuera cierto eso de que para los europeos todos los asiáticos son iguales. Y así fue. Se coló en el avión lo más rápido que pudo y sin mirar atrás.

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