Plan de fuga

Hace ya dos años, tres meses y seis días que ocupo esta celda. Nunca pensé que llegarían a cogerme. Supongo que al final te vas confiando, tomas menos precauciones, te acercas más y más a esa gente; ésa que parece inofensiva y que al final te traiciona. Esos desgraciados me vendieron, y terminé aquí encerrado.

Me tienen por un tipo peligroso, así que no comparto espacio con nadie. Ni siquiera me sacan para relacionarme con los demás. Supongo que no se fían de que intente fugarme. No les culpo, escapar es algo que no me quito de la cabeza. Hay días en los que no pienso en otra cosa. Voy de una esquina a otra de esta minúscula celda, recorriendo a toda velocidad los escasos seis pasos que separan un extremo de otro. Entro en una especie de trance en el que la angustia y la desesperación se apoderan de mí, y en el que sólo pienso en la manera de salir de aquí. Tiene que haber un modo de escapar, una rendija por la que colarme, un punto ciego que utilizar para deslizarme sin ser visto.

No es una tarea fácil, me tienen bien vigilado. Además, el guardia es muy cuidadoso desde el día que le ataqué. Sí, lo confieso, perdí la cabeza y, aunque no entraba en mis planes, le agredí como un salvaje. Fue una mañana en la que entró a traerme la comida: el mismo engrudo frío, gris y desabrido de siempre. La misma seca mezcla que sólo sirve para llenar el buche.

Escuché sus pasos aproximarse por el pasillo. Fue como si algo me poseyera. Una combinación de rabia, ansiedad y locura me nubló la razón. Le vi aparecer con el cuenco de la comida en la mano y no lo pensé, me lancé hacia la puerta. Quería apartarle de la salida y huir de allí, pero consiguió bloquearme con facilidad. Era un tipo enorme y no le costó frenar mi impetuoso e ingenuo arranque de confianza hacia la libertad.

Yo estaba tan alterado que, me resistí a cesar en mi intento y me abalancé sobre él, asumiendo todas las consecuencias. Luché con todas mis fuerzas, pateé y arañé, pero era tan corpulento que me inmovilizó sin esfuerzo. Aun así,  acerté a morderle en una mano. Apreté con todas mis fuerzas, hasta que la sangre brotó de la piel de mi presa. Soltó un grito y  salió de la celda maldiciendo, cerrando la puerta de golpe tras de sí. Desde entonces va con mucho más cuidado cuando tiene que traerme algo o cuando viene a limpiarme la celda. Pero en algún momento tendrá que bajar la guardia, y ese día yo estaré preparado, esperando ese preciso instante para fugarme, para salir de aquí y ser libre de nuevo.

Llevo tiempo madurando un plan. No he tocado la comida en tres días y el carcelero empieza a ponerse nervioso. Sigue haciendo la ronda puntual, como cada día, y me pregunta si estoy enfermo o si me ocurre algo. Yo hago como si no fuera conmigo y me quedo quieto en un rincón, sin abrir el pico. Siempre he sido bastante charlatán, deslenguado, según el guardia, así que le escama que no le conteste siquiera.

Esta mañana ha venido a verme antes de la hora habitual. Yo estaba tumbado en el suelo, esperando su visita para seguir acrecentando su preocupación, así que cuando me vio ahí tirado no lo dudó.

—Curro, nos vamos a que te echen un vistazo. No puedes seguir así —dijo el carcelero con tono preocupado, mirándome desde la puerta.

Se apartó de la entrada un segundo, mientras avisaba para que vinieran a echarle una mano en el traslado. Me imagino que llamaría a una compañera que a veces le hacía el relevo, pero a la que veía en contadas ocasiones. Supongo que yo no le caía demasiado bien.

Me puse de pie de un salto. Recobré, a la velocidad del rayo, la vitalidad oculta durante días y me precipité hacia la puerta. Me detuve un segundo en la entrada, agarrando con firmeza los barrotes. Cerré los ojos y me concentré, rezando para que tuviera las fuerzas necesarias para la huida. Respiré hondo y poco a poco fui activando los músculos que tanto tiempo llevaban en desuso. Primero estiré la derecha, y al ver que aún funcionaba, le siguió la izquierda. Batí ambas alas con ganas, calentando los motores para el despegue. Cogí impulso y me propulsé hacia la ventana que me esperaba abierta de par en par, garantizando el éxito de mi fuga.

Salí volando de aquella casa que había sido mi prisión durante tres años, dejando atrás a mis carceleros que, ya a lo lejos, gritaban mi nombre con medio cuerpo asomado por la ventana, implorando que volviera. Y surqué el cielo azul. Sentí el viento entre mis plumas al atravesar las suaves nubes. Me sumergí en los aromas a pino y jara del bosque que rodeaba la casa. Y como cuando volé por primera vez, mi pecho se llenó de libertad.

2 comentarios en “Plan de fuga

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