Relato I

Laura no se caracterizaba precisamente por su impuntualidad, y cuando llevaba media hora esperándola, me empecé a preocupar.

La terraza de la cafetería donde la esperaba estaba llena de gente. Cada jueves a las cinco y media nos veíamos en el mismo lugar desde hacía cinco años. No es el sitio más elegante del barrio, pero tienen el mejor café de todo Madrid, de esos que te gusta tomar despacio, saboreando cada sorbo, disfrutando del calor que desprende la taza entre tus manos, mientras el intenso aroma sube hasta tu nariz, y te inunda, llevándose tus pensamientos más grises e intercambiándolos por una placentera y efímera sensación de cobijo y bienestar.

Eran ya las seis y Laura no había dado señales. Dejé la taza ya medio vacía sobre la mesa, y busqué el móvil en mi bolso para comprobar si me había llamado, o me había dejado un mensaje avisando de que se retrasaría. Di varias vueltas al interior de mi bolso sin éxito. 

«Maldita sea, por qué acumularé tantas cosas inútiles? Así no hay quién encuentre nada!»

Una barra de labios abierta me dejó la mano llena de líneas carmesí. Encontré unas viejas entradas de cine con el título de la película a medio borrar, «Spiderman 2», ya ha llovido desde entonces! Saqué un paquete de pañuelos arrugado y medio vacío, la funda de las gafas de sol que no tenían las gafas dentro, un bolígrafo de propaganda de un taller mecánico que me regalaron al pasar la última ITV, y un tampón que cayó a los pies del camarero que justo acababa de acercarse a mi mesa para ver si quería tomar algo más mientras esperaba.

Cansada de la búsqueda inútil, vacié todo el contenido del bolso sobre la mesa de la terraza, total, después de la caída del tampón, poco tenía ya que ocultar. Nada, ni rastro de mi móvil. Entonces recordé que lo había puesto a cargar en la oficina, y con las prisas había olvidado cogerlo.

De pronto, un escalofrío recorrió mi espalda, con esa falsa sensación de inseguridad que nos produce el vernos desprovistos de un elemento que pese a ser antinatural, hemos adoptado como una parte misma de nuestro propio cuerpo, y que nos conecta no sólo con en mundo exterior, sino con nuestro propio ser. 

Ahora no sabía si le habría ocurrido algo a Laura, si me habría avisado para que me marchara porque era algo que le impediría acudir, o para que la esperase tranquila unos minutos más porque simplemente se retrasaría más de lo socialmente aceptable, que más o menos todos tenemos estipulado en quince minutos.

Si me iba, era posible que Laura llegara al minuto de haberme marchado. Yo habría perdido media hora esperándola, y ella se molestaría al haberme escrito un mensaje para avisarme de su retraso, y que pese a ello yo me hubiera ido.

Por otra parte, si me quedaba, no sabía hasta cuándo debía esperar. ¿Cuarenta y cinco minutos? ¿Una hora? ¿Cuándo debía concluir que Laura, de haberme escrito un mensaje, lo habría hecho para decirme que no podría acudir? Mientras me debatía entre irme o quedarme, volvió a acercarse el camarero, y le pedí que me trajese otro maravilloso café. Si iba a esperar, al menos iba a hacerlo acompañada por ese delicioso elixir que me devolvía la energía y la vida que el insoportable día de trabajo en la oficina me habían libado.

Laura no había faltado ni un sólo día en cinco años a nuestra cita de las cinco y media, es más, si lo pienso, no recuerdo un sólo día en el que yo hubiese llegado a la cafetería antes que ella. La imagen que tengo de nuestros encuentros, es llegar y verla desde lejos sentada en la mesa de siempre, la de la esquina que está estratégicamente situada junto a la estufa de la terraza, y lo suficientemente lejos de la zona por donde traquetea el camarero con la bandeja sacando tazas y platos del interior del bar. Siempre la encuentro leyendo, ensimismada en una novela distinta cada vez que nos vemos, tanto, que a menudo se sobresalta al escuchar mi voz cuando llego a su lado y me siento.

¿Y si le había pasado algo grave? ¿Y si había tenido un accidente viniendo de camino? Laura es muy distraída, igual iba leyendo mientras caminaba, se ha saltado un semáforo en rojo y un coche la ha atropellado. No sería la primera vez que le echo la bronca por leer mientras camina.

Y si le han despedido hoy del trabajo y ha decidido irse a casa porque con el disgusto no le apetecía quedar? Recuerdo que me dijo la semana pasada que las cosas no iban muy bien en su empresa, y estaban pensando en empezar a hacer recortes de personal.

Mientras pensaba en las innumerables posibilidades, a cada cual más horrible, especulando sobre lo que podría haberle ocurrido a Laura, escuché alboroto en el interior del bar, me giré y resultó ser un grupo de aficionados viendo el partido en la televisión, que celebraban un gol de su equipo. Me resultó raro, porque los jueves no hay partido de Liga, lo sé porque Laura es una gran aficionada, y por eso decidimos que el día de nuestras quedadas sería los jueves. En ese momento todo encajó en mi cabeza, todas las piezas giraron rápidamente hasta colocarse en la posición precisa, y casi escuché el «click» que hicieron en mi cerebro al encajar. ¡Hoy era miércoles! La tensión y el estrés de la jornada me habían despistado, y me había adelantado un día a nuestra cita. Laura estaba bien, estaría tranquilamente en su casa viendo el fútbol, o más bien nerviosamente, dado el alboroto que me llegaba desde el interior del bar.

Llamé al camarero, pagué la cuenta, y me fui a casa entre aliviada por saber que Laura estaba bien, y nerviosa por los dos cafés que me había tomado en menos de una hora.

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