Cuando acabe la tormenta

Como cada mañana, Natalka abrió los ojos sin saber muy bien dónde estaba. Si Oleksandr se había levantado antes que ella, le costaba reconocer su habitación; aquella que había compartido con su marido durante los últimos cincuenta y dos años. El médico le había dicho que era normal, que el alzheimer jugaba esas malas pasadas, y cada vez le ocurría más a menudo. Intentaba ocultárselo a Olek para no disgustarle, aunque no siempre lo conseguía disimular. Había días de absoluta lucidez en los que podía recordar casi cualquier cosa, pero otros, como aquel, le costaba reconocer hasta su propia casa.

Miró a su alrededor, y vio una nota en su mesita de noche donde pudo leer: «Buenos días, Natalka, mi amor. Estoy en la cocina preparando el desayuno. Si hoy te duelen mucho las piernas y necesitas ayuda para levantarte de la cama, llámame e iré a ayudarte. Olek».

Leer la nota hizo que algo encajara en su cabeza, como un puzle imaginario cuyas piezas se movieron lentamente hasta ocupar su lugar. Se tranquilizó. Hasta ahora había olvidado muchas cosas, o le había costado recordar muchas otras, pero él siempre había estado ahí para ayudarle a encontrar esos recuerdos que no sabía dónde había dejado.

«Por favor, que nunca le olvide a él. Puedo prescindir de cualquier cosa, menos de él. Podría vivir en un mundo vacío, sin saber lo que es una flor, sin recordar la brisa del mar, el aroma del pan recién hecho o el sonido del viento entre las hojas de los árboles, pero no sin él», pensó ella.

Olek lo era todo para Natalka, supo que estarían juntos para siempre desde el mismo momento en que le vio. Se lo dijeron sus ojos, esos que nunca le habían mentido, esos que le juraban amor eterno cada vez que se posaban en silencio sobre los suyos. Confiaba en él más que en sí misma, y más ahora que su propia cabeza le engañaba tan a menudo.

Se calzó, no sin esfuerzo, sus raídas zapatillas. No eran las más bonitas del mundo, pero le sorprendió lo cómodas que eran cuando se puso se pie. Ahora entendía por qué las conservaba. Abrió la puerta de la habitación y comenzó a recorrer el pasillo, notando un frío tremendo que inundaba el aire. Miró hacia delante y observó cómo la condensación de su aliento se escapaba de su boca al respirar. Estaba helada.

Muy despacio, avanzó con esfuerzo, acercándose paso a paso hacia el lugar del que provenía un sonido que le resultaba familiar: el rumor de una radio encendida y el característico tintineo de una cucharilla golpeteando incansable el interior de una taza de café.

Cuando entró en la cocina, vio a Oleksandr remueve que te remueve. Él apagó la radio y la miró. Le había notado raro últimamente. Estaba más serio de lo habitual, aunque intentara disimularlo. De eso sí que se daba cuenta, le conocía mejor que a ella misma. Parecía preocupado, seguro que era por ella, por su enfermedad. Así que intentó actuar con normalidad y no contarle que otra vez se había despertado desorientada.

—¡Qué frío hace hoy! —comentó Natalka—. ¿Por qué no has encendido la calefacción?

—¡Qué cosas tienes! —contestó Olek—. Eres una friolera. Espera, te traeré un chal para que te cubras los hombros, ya sabes que siempre se te quedan fríos, incluso en días tan cálidos como éste. Siéntate y tómate esta taza de café mientras. Ya verás cómo se te arregla el cuerpo.

—¡Qué haría yo sin ti! —dijo ella.

Cuando Oleksandr salió de la cocina, ella cogió la taza de café entre sus manos, sintiendo que el calor que desprendía le calmaba el dolor de los dedos rígidos y entumecidos por el frío, y por los años. La fina piel marchita se le coloreó por un momento, ruborizada por el agradable calor de la taza. Reconfortada dio un sorbo y sonrió, mientras él le cubría con el chal cariñosamente los hombros.

Percibía que algo ocurría, pero no sabía bien qué era. Juraría que antes de que él apagase la radio había escuchado la palabra «guerra», pero tampoco estaba segura. ¿Y si lo había imaginado? ¿Y si era otra vez su cabeza que le estaba jugando una mala pasada? Si algo así ocurriera, Olek se lo habría dicho. Él siempre le contaba todo. Además en tantos años de casados no le había mentido ni una sola vez, así que podía estar tranquila.

Miró hacia el fondo de la cocina y vio el hornillo de gas que compraron hace años, cuando una avería en el suministro eléctrico les dejó sin luz una semana. La verdad es que no recordaba que aún lo conservaran, aunque esto tampoco le extrañaba demasiado teniendo en cuenta cómo estaba su cabeza últimamente.

—Olek, ¿qué cuece en ese puchero? —quiso saber ella—. ¿Y por qué has sacado ese hornillo de gas? ¡Tiene más años que tú y yo juntos!

—Estoy haciendo sopa de patata, y ya sabes que no sabe igual si no se prepara al fuego. Las cocinas modernas sólo sirven para salir del paso, pero la comida no sabe a nada con esas vitrocerámicas.

—¿Sopa de patata otra vez? —preguntó ella

—¡Pero si hace un siglo que no la preparo! Y hoy me he levantado con antojo.

Juraría que en la última semana no habían comido otra cosa, pero igual no se acordaba bien y no quería que él se diera cuenta, así que no dijo nada.

De repente un gran estruendo sonó a lo lejos. Un rugido aterrador que le recordó el sonido de las bombas de La Batalla de Kiev de 1943.

Él le cogió la mano con cariño.

—No tengas miedo, mi amor. Es sólo que se aproxima una gran tormenta. Habrá rayos y fuertes truenos según han dicho en las noticias, pero no temas, como siempre yo estaré contigo.

Ella notó que las manos de Olek temblaban y las apretó con fuerza sabiendo que podía confiar en él.

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