Su refugio

Ganador del segundo premio del concurso de relatos #VOCESDEUCRANIA organizado por Zenda

Oleksandr removía el café lentamente mientras miraba por la ventana de la cocina. Atravesaba el cristal con la mirada sin ver nada, con los ojos llorosos y sumido en un solo pensamiento: «¿qué podía hacer?». Tenía la radio de fondo. Era un viejo aparato a pilas, que daba gracias por haber conservado, puesto que hacía ya dos días que no tenían electricidad en casa. La guerra estaba acabando con todo, desde sus sencillas rutinas de jubilado, a la vida de miles de jóvenes y no tan jóvenes; algunos de ellos soldados por accidente u obligación, que por amor a su patria habían decidido exponer su vida para defender sus hogares. Según decían las noticias, las fuerzas enemigas rusas avanzaban inexorablemente en Kiev y pronto llegarían a su zona. En los últimos días, habían tomado territorio rápidamente y se habían hecho con el control de la planta de energía nuclear que les abastecía de electricidad. Era marzo, pero en Ucrania el invierno seguía castigando, con su frío letal, hasta entrado el mes de abril. Su casa se había convertido en una nevera. A él no le importaba demasiado, pese a que la artrosis le castigaba más las rodillas con el frío; quien le preocupaba su mujer.

Natalka vivía ajena a la guerra. El alzheimer servía de filtro para emborronar tan cruda situación. Era la primera vez, desde que le diagnosticaron la enfermedad hacía ya seis años, que Olek le veía algo positivo a ese ladrón invisible que tan cruelmente le robaba los recuerdos a su amada esposa. Su deterioro era ya evidente, no sólo en su mente, sino en su estado físico. Cada día le costaba más levantarse de la cama, y más aun desde que empezó la guerra y habían dejado de salir a la calle a pasear. Él salía sólo para lo imprescindible: comprar comida y medicinas. Cada día era más difícil conseguir cosas básicas. Le daba pavor que algo ocurriera mientras ella estaba sola en casa, así que espaciaba sus salidas tanto como le era posible.

No tenían hijos. La vida les negó ese regalo, pese a que se lo pidieron con toda la fuerza del gran amor que se tenían. Durante un tiempo, eso entristeció mucho a Natalka, pero se querían tanto que tenerse el uno al otro bastaba para llenar sus vidas y sus corazones. Ya habían cumplido cincuenta y dos años de casados, y Olek no cambiaría ni un solo minuto de ellos por nada del mundo. Habían vivido en esa casa desde que se casaron. Allí tenían todos sus recuerdos. Era el escenario que había albergado tantos momentos compartidos; de los más felices a los más tristes: cada despertar junto a su amada, el canturreo animado de Natalka mientras cocinaba, el resonar de su risa cuando él le gastaba alguna de sus bromas, sus primeros olvidos, tontos despistes que después no lo fueron tanto, y las lágrimas compartidas cuando esos episodios tuvieron nombre: alzheimer. Pero eran sus recuerdos, era su vida, y a su manera, con estar juntos eran felices. Por eso no iban a dejar su casa. Pasara lo que pasara, había decidido que iban a quedarse allí. No podía llevarse a su mujer él solo, y tampoco tenían dónde ir. Si la vida, una vez más, había decido por ellos, si su final estaba próximo, lo afrontarían con valentía, pero juntos. Lo harían unidos como siempre lo habían estado. En su hogar. En su refugio.

Y en ese pensamiento estaba Oleksandr cuando escuchó acercarse los lentos pasos de Natalka, arrastrando suavemente las zapatillas por el pasillo. Apagó la radio rápidamente para que ella no pudiera escuchar la realidad de la que él intentaba protegerla.

—¡Qué frío hace hoy! —dijo ella—. ¿Por qué no has encendido la calefacción?

—¡Qué cosas tienes! Eres una friolera. Espera, te traeré un chal para que te cubras los hombros, ya sabes que siempre se te quedan fríos, incluso en días tan cálidos como este. Siéntate y tómate esta taza de café mientras. Ya verás cómo se te arregla el cuerpo.

—¡Qué haría yo sin ti! —exclamó ella.

«No. ¡Qué haría yo sin ti!», pensó él.

Ella sujetó la taza entre las manos, sintiendo que el calor que desprendía le calmaba el dolor de los dedos rígidos y entumecidos por el frío, y por los años. La fina piel marchita se le coloreó por un momento, ruborizada por el agradable calor de la taza. Reconfortada dio un sorbo y sonrió, mientras él le echaba el chal cariñosamente sobre los hombros.

—Olek, ¿qué cuece en ese puchero? —quiso saber ella—. ¿Y por qué has sacado ese hornillo de gas? ¡Tiene más años que tú y yo juntos!

No podía decirle la verdad, así que contestaba a sus preguntas con la primera excusa que se le ocurría.

—Estoy haciendo sopa de patata, y ya sabes que no sabe igual si no se prepara al fuego. Las cocinas modernas sólo sirven para salir del paso, pero la comida no sabe a nada con esas vitrocerámicas.

—¿Sopa de patata otra vez? —preguntó ella.

—¡Pero si hace un siglo que no la preparo! Y hoy me he levantado con antojo.

La verdad es que no les quedaban mucho más que patatas y algunas cebollas en la despensa, y llevaban una semana comiendo sopa. Al menos calentaba el cuerpo.

De repente un gran estruendo sonó a lo lejos. Un rugido de odio que anunciaba muerte y vacío. Una explosión de egoísmo e injusticia que sobrecogió el corazón de Olek, confirmando el peor de sus temores: las bombas se acercaban.

Natalka se sobresaltó, y asustada miró a su marido con miedo en sus ojos grises, ahumados por la huella del tiempo.

Él le cogió la mano con cariño, intentando disimular el temblor del pánico en su voz.

—No tengas miedo, mi amor. Es sólo que se aproxima una gran tormenta. Habrá rayos y fuertes truenos, según han dicho en las noticias. No temas, como siempre, yo estaré contigo.

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